Cada año la festividad de Todos los Santos (día 1 de noviembre) nos recuerda que además de poder celebrar fiestas importadas más o menos divertidas (como “Halloween”) podemos retomar ciertas costumbres tradicionales, autóctonas, y que sería una lástima perder en favor de calabazas y vampiros. Independientemente de que seamos creyentes y vayamos a visitar cementerios o no, no deberíamos dejar pasar la oportunidad de preparar las recetas de repostería típicas de estas fechas: huesos de santo, gachas, pestiños… Dado que estos últimos ya los comentamos el año pasado, en esta temporada les ha tocado el turno a las gachas, esa especie de bechamel dulce que no sé a vosotros, pero que a mí personalmente me encanta. ¡Ahí va!
INGREDIENTES:
- Un poco de cáscara de limón
- 2 vasos de harina
- 1/2 vaso de aceite
- 1 vaso de azúcar
- 1 y 1/4 de litro (o algo más, si luego se queda seco) de líquido (mitad agua/mitad leche)
- 1 cucharadita colmada de anís en grano
- Canela en rama y molida
- Anís dulce (licor)
- OPCIONAL: almendras crudas
- OPCIONAL: clavo en grano
PROCESO:
Empezamos hirviendo en un cazo el “líquido” (mitad leche / mitad agua) con una rama de canela y el azúcar. Una vez haya hervido, lo apartamos y lo dejamos enfriar, añadiéndole un buen y generoso chorreón de anís dulce.
Echamos el aceite en una olla y se “deshuma” con la cáscara de limón (es decir, se “fríe” la cáscara de limón un rato en el aceite para que éste pierda su sabor a “crudo”). Cuando lleve uno o dos minutos, retiramos la cáscara de limón y echamos el anís en grano, al que dejamos freirse sólo durante un instante.
Casi inmediatamente, pues, incorporamos la harina y la removemos con unas varillas hasta que se haya mezclado completamente con el aceite y el anís en grano. La dejamos tostar unos segundos, removiendo.
Llegado este momento, hay que añadir el líquido que apartamos previamente, para lo cual sería bueno retirar la olla del fuego, porque puede pegarse el azúcar al entrar en contacto bruscamente con el fondo de la olla si este está demasiado caliente. El líquido se va incorporando poco (quitándole antes la rama de canela), removiéndolo para que se vaya mezclando con el contenido de la olla; no se debe añadir una nueva cantidad hasta que la anterior no se haya mezclado completamente. Cuando el fondo de la olla haya quedado cubierto, la volvemos a poner en el fuego, y seguimos añadiendo el líquido poco a poco, hasta que quede completamente incorporado y empiece a hervir.
Hecho esto, si vemos que la pasta que queda es muy muy espesa y cuesta moverla, podremos añadirle agua con azúcar hasta que aquello alcance una consistencia más cómoda. Bajamos el fuego y se deja calentando durante al menos 15 minutos, SIN DEJAR DE REMOVER con las varillas, para que no se pegue al fondo. Es importante que no se queden grumos de harina; por ello, si observamos una textura granulosa, no debemos tener reparos en coger una batidora de brazo y meterla en la olla para ayudarnos a remover y a disolver los grumos.

Pasados los 15 minutos, vertemos la masa en un recipiente o una bandeja. Al enfriarse se endurecerá y adquirirá una consistencia parecida a la de las tartas tipo “masa” (tarta de queso, tarta de chocolate, etc.). Antes de que eso ocurra debemos espolvorear la superficie con canela molida, y también podemos adornarla con algunas almendras crudas (opcional). Lo tradicional, sin embargo, es freir pequeños dados de pan y adornar con ellos en lugar de con las almendras. Pero como a un servidor no le hace mucha gracia el pan frito, pues ha preferido decantarse por la versión más “de pastelería” de esta receta
¡Y ya está! El resultado debería parecerse más o menos a esto:

¡Una cosa más! Opcionalmente, y si os gusta, podéis hervir la leche/agua con un poco de clavo en grano (además de la canela), que para mi gusto le da un sabor aún más rico. ¡Que haya suerte y os salgan bien!































