Impresiones de Escocia

Hace unos días que he vuelto de pasar una semana pateándome las Highlands escocesas. Si tuviera que resumir el viaje en dos palabras, serían VERDE y MOJADO. Me habían comentado que el tiempo inglés era realmente cambiante; que podía amanecer el día con un sol radiante, tornarse en aguacero en menos que canta un gallo y acabar con una bonita niebla que no te deja ver más allá de tus narices. Pues era cierto. Pero también ha sido cierto que de todas las posibilidades atmosféricas la lluvia ha sido la clara predominante. Era una lluvia fina, de esa que casi no se nota pero empapa; orballo, chirimiri, calabobos… Y de vez en cuando caía un chaparrón de los de verdad, de los de aquí, por variar. Es el precio que hay que pagar por tener colinas alfombradas de terciopelo verde, bosques impenetrables donde la luz no llega al suelo, y ríos y cascadas a ambos lados de la carretera cada pocos metros.


Ya habréis adivinado que lo que más me ha gustado de Escocia han sido los paisajes. Que es lo que iba buscando, dicho sea de paso. De todos modos, me he encontrado también con otras cosas que no esperaba: temperaturas de otoño español en pleno agosto (dormíamos con nórdicos y llevábamos tres mangas durante el día); una gastronomía muy limitada pero muy sabrosa; gente muy amable…


Por enumerar momentos y lugares destacables, diré que me encantó el Mar del Norte cuando subimos hasta Elgin; los bosques que nos encontramos en el centro y Nordeste del país (pisar un musgo en el que podías hundir completamente el pie hasta que desaparecía no tuvo precio); los paisajes abruptos de valles y montañas verdes del Oeste; los castillos medievales -en ruinas o no: Eilean Donan, Urquhart, Inverlochy-; Edimburgo y su bastión defensivo… En fin, una gozada muy recomendable tanto para aquellos a los que les guste visitar lugares poco antropizados como para los que disfrutan con los monumentos, sobre todo con los del medioevo.



Ah, y sí: la conducción por la izquierda es… tensa, pero no tanto por el manejo del coche en sí (que está al revés) sino por la automatización que ya tenemos grabada a fuego en el cerebro y que nos hace irnos a la derecha después de cada cruce o rotonda. Puedo decir orgulloso que sobreviví, y que sólo rompí el retrovisor izquierdo del coche de alquiler. Y no mucho.





¡Pero qué preciosidad de paisajes! Por un momento me he olvidado del agobiante calor y me he acordado de la sensación de tengo-que-ponerme-más-ropa (ah! frío! se decía frío!)