Post-Camiño 3 y 4 – Playas de Mogor y de Nerga + Islas Cíes + Vigo

Después de haber estado visitando tantos sitios el cuerpo nos pedía algo de relax. Así que era el turno ahora no ya de visitar, sino de ESTAR en las preciosas playas atlánticas. Ya lo he comentado en otra de las entradas, y lo repito: las playas gallegas son estupendas, si bien el problema es que no suele hacer un tiempo lo suficientemente bueno como para aprovecharlas, pero si te pilla bueno… son de película. Y hay tantas que es imposible elegir, así que nosotros le dejamos la decisión en parte al azar y en parte a que nos pillaran en ruta hacia otro destino.

Así que tras desayunar en nuestro hostal-asador, en una terraza que parecía sacada de una peli ambientada en la zona montañosa de Norteamérica, nos pusimos rumbo a la playa de Mogor.

Breakfast in Montana

La playa de Mogor es una cala grande, de arena rubia rodeada de bosque y limitada también por un brazo de piedra que se mete en las aguas transparentes (y frías) del atlántico. Disfrutamos mucho haciendo fotos y explorando la zona, y tuvimos un tiempo fantástico.

La verdad es que estábamos tan a gusto que nos daba reparo continuar con nuestro plan inicial, que era irnos por la tarde a buscar otra playa. Al final levantamos el campamento y fuimos en busca de nuevos territorios, pero no nos terminó de salir bien la jugada. Todas las zonas de playa que encontramos estaban atascadas de coches (¿he comentado ya que hacía buen tiempo y que eso es una raya en el agua en Galicia?), y tardamos demasiado tiempo en encontrar un sitio que nos complaciera.

Finalmente llegamos a la playa de Nerga, que también es muy bonita, pero hacía demasiado viento, y tras un rato masticando arena decidimos que ya era hora de ir al hotel a cenar.

Playa de Nerga. Aquí se rodó Vegano Agul. Jajaja. No he podido evitar hacer el peor chiste de la historia.

Por cierto, que esa noche era la elegida para cenar VIEIRA, la famosa «concha del peregrino», tan típica de Galicia. Nos la pusieron muy rica, aunque si tenemos que comparar quizá nos gustaron más las zamburiñas.

Vieira

Al día siguiente teníamos reservado el pasaje para echar el día en las Islas Cíes, que para quien no las conozca son un parque natural a medio camino entre el Caribe, Mallorca y el Polo Norte (el agua está fría de cojones).

El archipiélago lo forman tres islas: Norte o Monteagudo, Del Medio o do Faro y Sur o San Martiño. Las dos primeras están unidas por medio del arenal de la Playa de Rodas y una escollera, y es en la del Medio donde te deja el ferry.

Cómo visitar las Islas Cíes

Por cierto, que si queréis ir, tenéis que planificar la visita. Lo primero, al ser Parque Natural, se necesita una autorización. Te la dan a la vez que sacas el ticket del ferry, pero claro, hay plazas limitadas, por lo que es bueno planificar con tiempo. Nosotros sacamos el ticket desde Vigo con la naviera Mar de Ons. Por ejemplo, desde esta página.

Luego, una vez allí, NO HAY NADA. Ni papeleras, ni aseos, ni kioskos… Sólo un chiringuito que se atasca de gente (es el único que hay). Así que:

  • Hay que llevar comida y bebida
  • OS RECOMIENDO LLEVAR SOMBRA. Nosotros no la llevamos porque me empeñé yo en no quedar de cateto, y acabé quedando de gilipollas. Porque si quieres estar en la playa y a la sombra, como no lleves tú algo no hay donde guarecerse. Lo más cercano es el bosque, pero queda bastante a tomar por saco de la orilla.
  • …eso sí: también nos hizo mucho viento, con lo que una «sombrilla estándar» tampoco nos habría valido mucho. Mejor habría sido un cortavientos.
  • No podéis descuidar vuestras pertenencias: las gaviotas las saquean en busca de comida.

Aparte de tomar el sol en las playas y disfrutar del agua polar, también se pueden hacer algunas rutas de senderismo, que de verdad que parece que te trasladan a otras latitudes. En las siguientes fotos podéis ver, entre otras cosas, las vistas desde el «Alto del Príncipe», y la playa de Rodas.

Cuando volvimos de las Islas Cíes, aún a media tarde, era el momento de visitar Vigo. Nos llamó la atención el aspecto de gran ciudad que tenía el centro, o al menos la zona de ensanche: avenidas rectas con edificios muy altos, y mucha vida comercial en los bajos. Una ciudad agradable y muy luminosa (también hay que decir que hacía un tiempo estupendo, y eso cuenta), aunque eso sí, con unas cuestas considerables al llegar al casco histórico. Visitamos el castillo, en todo lo alto, y a la bajada vimos la reconstrucción de un poblado celta que había en la ladera.

Y con Vigo acababa nuestro periplo gallego, pero no el viaje… Desde Galicia a Córdoba hay muchos kilómetros de carretera y muchos sitios que visitar, así que ¿por qué no bajar por Portugal y darnos un garbeo por el país vecino? Que Dors_Seldon no conocía el Norte luso. Pues así lo hicimos y así os lo contaremos… en la próxima entrada.

Post-Camiño 2 – Malpica + Dolmen de Dombate + Fisterra + Muros + Castro de Baroña + Ponte Caldelas

El día amaneció crudo y húmedo, aunque mejoró enseguida. Habíamos pasado la noche en un complejo hostelero llamado «Finca Aldeola», unos kilómetros al sur de Malpica, ya que era el alojamiento que nos ofrecía mejor calidad-precio-disponibilidad en las fechas en las que fuimos. Y era un sitio muy curioso: una suerte de «ciudad de celebraciones» con parking, varios salones de celebración, jardines, hotel, máquinas de vending… y alejado de todo varios kilómetros. Una especie de oasis comercial en un territorio rural, que despertaba en mí sentimientos enfrentados. Pero la verdad sea dicha, la habitación estaba muy bien y nos atendieron muy amablemente.

Finca Aldeola

Nos dirigimos en coche, una vez más, hacia Malpica, para poder llevarnos también en el equipaje la vista matutina de la ciudad (y, sobre todo, para desayunar). La verdad es que la imagen del puerto con sus colores también era muy idílica de día. No llegaba a ser el Portorosso de la peli de Pixar… pero le daba un aire.

Portorosso Malpica de Bergantiños

Con la pancita llena (de tostadas) comenzamos nuestro periplo del día. Tocaba una jornada de lo más «celta»: el domen de Dombate, el faro de Finisterre y el castro de Baroña eran algunos de nuestros destinos.

En Galicia quedan bastantes restos de cultura megalítica. Por elegir uno que nos pillara en ruta hacia otros destinos, decidimos visitar el dolmen de Dombate, que es, además, de los más importantes. Se trata de una «tumba colectiva de corredor», erigida en la primera mitad del ¡milenio IV antes de cristo!, en la época neolítica.

Dolmen de Dombate

El monumento en sí no es accesible nada más que desde detrás de la valla, pero tienen creada una reconstrucción en cartón-piedra en el centro de interpretación que hay al lado, donde sí que puedes entrar, tocar, y… ¡darte cuenta de lo chiquito que en realidad es! Siempre pensé que los restos megalíticos serían enormes, y me sorprendió mucho que este no tuviera más de 1,80 m de altura. Merece la pena la visita, que además creo recordar que es gratuita.

Después del dolmen tocaba visitar otro sitio mí(s)tico: el cabo de Finisterre (castellano) o Fisterra (gallego), el «fin del mundo» (finis terrae), y el lugar donde muchas personas prefieren acabar su peregrinación en lugar de Compostela. Lo cierto es que cuando lo ves abarrotado de turistas (incluidos nosotros) y peregrinos no es precisamente misticismo lo que te embarga, pero aún así es bonito de ver. (Nótese el gentío en la última foto del siguiente set… que la hicimos a propósito para eso…).

Incluso la vista del cabo conforme te alejas es bonita. Cómo no iba a serlo: las playas atlánticas son maravillosas, y el territorio es verde y el aire limpio y transparente a causa de las abundantes lluvias… El único problema es que para que haya lluvias no puede haber sol, pero cuando de vez en cuando te pilla un día soleado, pues… a las fotos me remito.

Nuestra siguiente parada era Muros: otro pueblecito costero, esta vez con un puerto deportivo moderno muy pintoresco y colorista. No estuvimos mucho tiempo; lo justo para dar un paseo por el puerto y el casco antiguo.

Pero es que nuestro siguiente destino merecía la pena la prisa: el Castro de Baroña.

Se trata de las ruinas de un poblado celta de pescadores de la edad del hierro, habitado entre los siglos I a.C. y I d.C., que se erigió en un pequeño istmo de tierra al que se accede a través de una playa de arenas claras y aguas de azul intenso.

La visita es gratuita y libre, por lo que puedes pasear por el lugar a tu ritmo, imaginándote la vida del poblado hace dos mil años, con sus cabañas, forjas, fosos, murallas y puertas… Una maravilla, y para los amantes de la naturaleza y las ruinas (como nosotros), más todavía.

Por cierto, que como ya sabéis de otras entradas, una de las texturas top-10 para pisar es la «piedra grande», así que imaginaos lo chulo que era «hacer barefooting» en este sitio.

Todavía con el subidón de la visita al castro, concluimos el día en Ponte Caldelas (o Puente Caldelas, en castellano). Nuevamente, nuestro alojamiento estaba a uno o dos kilómetros del pueblo, en un complejo de asador-hostal muy nuevo. Vimos el cielo abierto para el tema de la cena porque, ¡estábamos en un asador! ¡No tendríamos que esforzarnos mucho para buscar un sitio para comer algo!

ERROR. El asador justo cerraba ese día de la semana por descanso del personal. Así que tras asearnos, nos dirigimos al pueblo, que por las luces supusimos que estaba en fiestas, por cierto. Pero no había ni un alma por la calle. Estaba todo desierto. Creo que por la hora. Y los restaurantes, cerrados, cerrando, o sin comida ya. ¡Menos mal que quedaba abierta UNA hamburguesería!

Ponte Caldelas. Ambientazo.

Así que bien está lo que bien acaba. Y con la barriguita llena, mejor. Y aunque acabamos bastante tarde (y muy cansados), al día siguiente nos esperaba un día tranquilito, concretamente día de playa. Pero eso será ya la próxima entrada.

Post-Camiño 1 – Puente de Gundián + Praia das Margaridas + Coruña + Refuxio de Verdes + Malpica

Como habíamos quedado en la entrada anterior, se había acabado el Camiño, pero no Galicia… Nos esperaban por delante unos cuantos días de patearnos la región, esta vez en coche, llegando a lugares más o menos lejanos que nos habían recomendado amigos, Google o Instagram, y que habíamos agrupado por proximidad geográfica. Así que tras echar un último vistazo por la ventana de nuestro hotel en Santiago, ¡comenzamos la última parte de nuestro viaje!

El primero de los lugares que visitamos fue el puente de Gundián. Habíamos visto fotos muy espectaculares en días con niebla, y nos apetecía verlo. Y aunque hay que reconocer que es muy impresionante por su magnitud, nos pilló un día súper soleado que hacía que la vista fuera menos peliculera.

…pero IDEAL para nuestro siguiente destino: la Praia das Margaridas, en la ría de Coruña, pero en el lado opuesto a la ciudad. La verdad es que había mil playas para elegir, y todas con arenas doradas, aguas transparentes y fantásticas vistas… Así que al final el escoger unas u otras fue una cuestión de proximidad y azar. A la de Margaridas le tocó, y la verdad es que era muy bonita. Muy chiquitita, en un área residencial donde no me importaría pasar unas vacaciones, y con un acceso un tanto dificultoso, que hacía que no estuviera atascada de gente.

Tras echar un ratito de exploración y de book de fotos (el sitio invitaba a ello), le tocó la visita a Coruña. La ciudad nos recordó muchísimo (pero MUCHO MUCHO) a Málaga. Por el tipo de arquitectura y de urbanismo, la luz y los colores. Claro, también es cierto que la pillamos en día soleado, que en Málaga es lo habitual pero en Coruña… no.

Ya sólo nos quedaba un último lugar que visitar según nuestro planning de ese día: el Refuxio de Verdes. Hasta ahora, casi todas las fotos que había visto por internet eran «mejores» que el sitio real una vez lo visitabas. Es lógico, ya que estamos hablando de fotos hechas con el clima exacto, la luz perfecta, etc etc. Sin embargo, y aunque las imágenes que había visto del lugar eran maravillosas, el Refuxio de Verdes fue aún mejor en directo que en las propias fotos. De hecho, tenemos cientos de ellas… Y no le hacen justicia.

El sitio se llama así porque se trata de un coto de pesca (refugio de pesca) situado en la aldea de Verdes, en el Concello de Coristanco, a unos 40 km de A Coruña. Es un enclave mágico, totalmente de película, donde se han aprovechado varios (¡hasta 15!) molinos de agua antiguos para reconvertirlos en refugios, merenderos y zonas de recreo. Todo completamente abierto al público; muchas partes accesibles incluso para usuarios en silla de rueda.

Un lugar idílico, probablemente de los que más (si no el que más) me gustó de todo nuestro periplo gallego. Y sí, sé que soy hortera y peliculero, pero ¡qué le vamos a hacer! He crecido viendo pelis de Hollywood, y encontrarme en directo lo que parecen sets de superproducciones de fantasía es superior a mí… ¡Me podría quedar a vivir en este sitio! Si me hubieran traído de niño me habría montado unas películas increíbles… ¡si es que el lugar alimenta la imaginación!

Por cierto, que es un lugar barefoot friendly total. Las texturas del suelo son suaves, increíbles. Dors_Seldon se animó también a descalzarse un ratito (la podéis ver en las fotos), porque el lugar lo merecía. Así que si os estáis iniciando en el descalcismo y os pilla cerca, daos un paseo por el Refuxio de Verdes. Y si no, ¡TAMBIÉN! ¡Si es que es precioso!

Con muy pocas ganas de irnos tuvimos que dejar el Refuxio, porque si no llegaríamos demasiado tarde a nuestro destino final del día: Malpica de Bergantiños, un pueblecito costero con un puerto natural muy pintoresco.

En Malpica, como buen sitio costero, tocaba sí o sí probar más delicias marinas gallegas. Esta vez fue el turno de las zamburiñas. Y puedo jurar por Tutatis que estaban espectaculares.

Con un gran sabor de boca (figuradamente -por el Refuxio de Verdes- y literalmente -por las zamburiñas-) nos fuimos a dormir a nuestro hotel, que estaba en un complejo hostelero súper curioso, a pocos kilómetros de Malpica… Pero de eso mejor os hablo en la próxima entrada. ¡Nos vemos! 🙂

Camino de Santiago descalzo – Etapa 6 (¡última!)

¡Y llegó el día! El último día de caminata y de peregrinación; el día en que llegaríamos andando hasta Compostela después de unos 120 km.

ETAPA 6: De Padrón a Santiago de Compostela

La jornada amaneció lluviosa… y no sólo no mejoró, sino que fue a peor. Lo cierto es que fue nuestro único día de mojarnos durante la aventura, por lo que en realidad nos consideramos bastante afortunados. Caminar bajo el sol se hace bastante más penoso que bajo la lluvia, pero la lluvia es muy incómoda. A Dors_Seldon le sirvió el aguacero para comprobar que un impermeable súper chachi que se había comprado en El Corte Inglés no era tan impermeable (ni, por tanto, tan chachi); y a mí que mi traje de lluvia estaba ya tan viejo y gastado que tampoco era ya impermeable.

Los pies, sin embargo, aguantaron bien, y aunque caminar mucho rato sobre mojado hace que se le reblandezca a uno la piel y que se sufran más las irregularidades del terreno, a mí lo que me molestaban más eran las zonas de «piel gastada» de las que os hablé en la entrada anterior. Pero nada especialmente grave. Más me incomodaban el chubasquero y la lluvia incesante, la verdad.

Por cierto, que a Dors_Seldon le descambiaron el impermeable en El Corte Inglés cuando volvimos.

En la foto de arriba podéis ver una estampa muy típica de otros Camiños y que en el portugués no abunda tanto: la etapa pasando por las callejuelas de piedra de pequeñas aldeítas en las que es más común encontrar terneras que humanos. La foto siguiente es de una máquina de «vending» integrada en el entorno rural. Me encantó.

Al cabo de no mucho rato pasamos por una población mayor, y concretamente frente a la que parecía la iglesia del Santo Dólar (ver foto). Una vez entramos y preguntamos nos dijeron que se trataba del Santuario da Escravitude, y el palito del dólar era más bien un clavo de la cruz. Pero decidme si la primera impresión no es la de la divisa más famosa del mundo…

Dentro de la iglesia de la Esclavitud nos selló la credencial un señor muy amable, y seguimos la etapa alejándonos de la carretera, la sempiterna nacional 550, que discurre paralela (o simultánea) al Camiño portugués.

A partir de aquí la etapa transcurrió nuevamente pasando por la clásica variedad de paisajes a la que ya estábamos acostumbrados, lo cual era algo maravilloso, dado que se trataba de la última jornada. Me explico. Por un lado, nos habían dicho que la última etapa era muy fea. Por otro, mi experiencia en el camino Francés, el del Norte y el de la Vía de la Plata había sido exactamente esa: todas estas rutas convergen el las dos o tres últimas etapas, y la última, la que llega a Santiago desde Lavacolla, entra a la ciudad por el aeropuerto y por un horroroso polígono industrial. Así que pasar TODA la etapa atravesando bosques, praderas y pueblecitos… pues fue una gozada. Y la entrada a Santiago por esta ruta es infinitamente más bonita, a través de barrios residenciales.

Por tanto, desde este rinconcito de internet y con la autoridad que me confiero yo mismo, afirmo rotundamente: LA ÚLTIMA ETAPA DEL CAMINO PORTUGUÉS TAMBIÉN ES MUY BONITA. Ea.

Aparte de disfrutar del paisaje, nos encontramos con algunas cosas curiosas que podéis ver en las siguientes fotos. Por ejemplo, una señal de prohibido ir a más de DIEZ por hora. Creo que nunca había visto un límite tan bajo. Y luego, algo que sólo se explicaba viendo la de agua que nos estaba cayendo encima: musgo creciendo entre las piedras que forman el macadán del asfalto. Una textura súper curiosa de pisar.

Aunque estábamos disfrutando mucho la etapa, también estábamos cansados y con ganas de reposar en un sitio seco, así que encontrarnos con esta bifurcación fue un reto inesperado:

¿Qué sería mejor? ¿Ir por Santa Marta o ir por Conxo? Nos habían dicho que cuando viéramos rutas «complementarias» o «alternativas» las tomáramos, pero ¡este no era el caso! Se trataba de dos «rutas principales». Y sabiendo que estábamos ya muy cerca (y mojados y cansados) lo que queríamos es tomar la más corta.

Nos empezamos a acumular en este cruce un número importante de peregrinos haciéndonos la misma pregunta. Entre nosotros y a Google. Pero Google no lo tenía nada claro tampoco. Finalmente, y tras consultar en foros sin fin, parecía que la opción más directa para llegar a la catedral era coger por Santa Marta. Y así lo hicimos. Creo que no nos equivocamos, ya que nuestra sensación fue de una entrada bastante directa en la ciudad, sin dar muchas vueltas. Así que, por si a alguien le sirve para cuando esté en esta situación y se ponga a buscar en Google, lo dejo por aquí: LA RUTA POR SANTA MARTA ES MÁS DIRECTA Y MÁS CORTA. Aunque puede que por Conxo sea más bonita. Si alguien puede corroborar toda esta información, que nos lo escriba en los comentarios, porfa.

Y así, entrando por la zona residencial de Santiago y pasando por la Avenida de Rosalía de Castro, ¡llegamos finalmente a la Catedral! ¡Desde Tui hasta el corazón de Compostela! ¡Victoria!

Pasamos en Santiago un par de noches en la pensión Tambre. MARAVILLOSA. Incialmente no parecía gran cosa, y además daba la impresión de estar muy alejada del centro. Pero en realidad eran no más de 10 minutos andando hasta la catedral (Santiago es más pequeña de lo que parece), estaba muy bien cuidada, las dueñas eran encantadoras y, encima, nuestra habitación hacía esquina y tenía dos ventanas: una que daba a todas las colinas verdes y otra desde la que se veía la ciudad… y desde esa ventana pudimos ver los fuegos artificiales del Día de Santiago, desde la cama. ¡Qué gozada!

Eso es algo, por cierto, que no habíamos comentado: llegamos a Compostela el viernes 23 de julio, por lo que al día siguiente por la noche se celebrarían las festividades del Apóstol. No lo habíamos hecho a propósito; es más: querríamos haberlo evitado, pero finalmente las fechas que nos cuadraron para el viaje fueron las que fueron. Mas como no hay mal que por bien no venga, pudimos disfrutar de unos más que bien costeados fuegos artificiales desde nuestra habitación (♥).

Eso sí: la contrapartida (y razón por la que queríamos evitar esas fechas) es que las previsiones se cumplieron: estaba todo abarrotado de gente. Ni siquiera conseguimos entrar a ver la Catedral; casi nos quedamos sin comer el viernes porque estaban llenos TODOS los restaurantes en un radio de dos kilómetros (prometo que no estoy exagerando); había despliegues de seguridad por doquier debido a la visita de los reyes; había escenarios montados por todos lados para conciertos que ya tenían el aforo completo… y así.

Pero pese a todo, Compostela es una ciudad que enamora, e incluso atascada de turistas y peregrinos merece mucho la pena la visita. O será que yo le tengo mucho cariño después de cinco Camiños.

Os comento algunas de las fotos que tenéis sobre estas líneas. La primera imagen es una obra de arquitectura contemporánea muy curiosa que hay en el parque de Vista Alegre. La segunda es la entrada a dicho parque, que parece sacada de una película steam punk. MA-RA-VI-LLO-SA. Proclamo.

En la segunda línea de fotos tenéis el mercado de abastos, que aunque lo pillamos ya cerrando todavía llegamos a tiempo de comprar algunos quesos. El resto de las fotos son de las bulliciosas calles de Santiago, algunas bajo la lluvia y otras con la luz dorada del atardecer. Tengo que reconocer que aunque lo de que lloviera fue un fastidio, mi lado romántico estaba encantado de vivir en directo eso de que «Chove en Santiago», un precioso tema popularizado en la versión de Luar Na Lubre. Os lo dejo aquí:

Me habría gustado mucho ir a misa a la Catedral, aunque no fuera la misa del peregrino. Pero fue absolutamente imposible: aforo completo. Así que intenté buscar la iglesia más antigua que pude para asistir a una, el sábado por la tarde. Fue sorprendentemente difícil encontrarla: la mayoría de las iglesias del centro sólo celebraban una misa el sábado, y había sido por la mañana. La única que me cuadró fue la iglesia de Santa María Salomé, donde la misa la ofició un cura muy, muy mayor, que se movía muy despacito y con mucha dificultad, pero ahí estaba al pie del cañón. Como curiosidad, comentar que la iglesia de Santa María Salomé es la única dedicada a esta Santa, madre del Apóstol Santiago, y que tiene en la clave de la portada una Virgen amamantando al Niño, y a la izquierda una virgen embarazada.

Y hasta aquí el Camino de Santiago. ¡Pero no Galicia! Como ya habíamos comentado en la entrada sobre los preparativos, ya que estábamos en Compostela y teníamos el coche, ¿por qué no aprovecharlo para patearnos un poco más la región? Así que aunque ya no sería andando, aún nos quedaban unos cuantos días de visitar sitios increíbles… ¡seguid atentos! ¡Empieza el pos-Camiño!

Camino de Santiago descalzo – Etapas 4 y 5

Cuando amaneció en Pontevedra nos dimos cuenta que ¡ya habíamos superado el ecuador de la peregrinación! Por ahora, ni Dors_Seldon ni yo teníamos la más mínima ampolla ni ningún tipo de molestia en los pies (aparte de agujetas). Así que corroboramos lo que siempre hemos venido diciendo en este blog: que el pie humano está diseñado para funcionar bien él solito, sin ayudas externas (o con las mínimas). Yo hasta ahora no me había calzado ni una sola vez, y Dors_Seldon lo que llevaba eran unas sandalias planas.

ETAPA 4: De Pontevedra a Caldas de Reis

Volvimos a salir a la hora habitual, atravesando una Pontevedra desierta y fascinante, llena de contrastes entre historia y modernidad. Como a la media hora de estar andando nos dimos cuenta que nos habíamos dejado la comida y el agua en el frigorífico del hotel… Sopesamos varias ideas: darlas por perdidas, volver andando, o la que finalmente se decidió: coger un taxi y que nos volviera a dejar en el mismo sitio una vez recuperadas nuestras cosas. Lo cierto es que fue probablemente la mejor opción, ya que la etapa se acabó haciendo un poco tediosa y cansina, además de ser de las más largas, y haberla prolongado una hora más no habría sido una buena idea.

La primera mitad de la etapa fue bonita, pasando por lugares similares a los que ya habíamos venido disfrutando en etapas anteriores. Lamento que las fotos sean «todas iguales» pero ¡la cabra tira al monte! [la cabra soy yo y el monte son los bosques, los arroyos, el musgo y la hiedra].

Pasada la mitad de la etapa hay un lugar que, aunque supone un pequeño desvío de un kilómetro (ida y vuelta), merece mucho la pena visitar. De hecho, estaba lleno de peregrinos. Nos referimos a las Fervenzas (cascadas) del Río Barosa. La verdad es que por el tipo de cascada y de bosque circundante nos recordó mucho a algunos paisajes de nuestra Andalucía (que ya conoceréis si sois seguidores del blog 🙂

Pasadas estas cascadas, la etapa se hizo extremadamente monótona y cansada. No fueron muchos kilómetros, pero parecía que no tenían fin. Caminábamos todo el rato por asfalto o por pistas de una tierra gris, casi blanca, sin sombras bajo las que guarecerse, y rodeadas de parras. Parras y más parras. Menos mal que estaba nublado y el padecimiento fue menor. Y era todo llano. «Pero eso es bueno, ¿no?» Sí… pero también hacía que el paisaje perdiera interés.

Y, gracias a tanto asfalto, empecé a padecer algo que me habían contado que sucedía y que no me podía creer. Algo que de lo que ya os hice un tráiler hace un par de posts: Se me «gastaron» las plantas de los pies. Así, tal cual.

Cuando uno es descalcista y empieza a dejar de usar esa muleta que se nos ha vuelto imprescindible pero que en realidad no lo es (hablo del calzado), el cuerpo empieza a recuperar sus funciones. Se fortalecen músculos que estaban atrofiados, se recupera el panículo adiposo en las plantas (perdido por culpa de la amortiguación que proporcionan las almohadillas de los zapatos), y se regruesa la piel, de manera no se lastima uno al pisar objetos irregulares. Como cualquier otro mamífero, vaya.

Así que cuanto más se camina descalzo más crece esa película de protección, esa piel, sin llegar a formar durezas como tales en ningún caso, ya que el roce con el suelo va limando lo que sobra. El problema es que el asfalto, que no es terreno natural, gasta más piel de la que ayuda a regenerar. Como una lija, o una piedra pómez. No es algo que se note en unos pocos kilómetros, desde luego. Pero es que nosotros ya llevábamos como 80, siendo aproximadamente la mitad de ellos (así a ojo) por asfalto. Y mis pies lo notaron al final de la etapa. Sobre todo el derecho.

A simple vista no tenía nada: ni una ampolla, ni una rozadura… nada. Pero en las zonas en las que más apoyaba, que solían ser las que tenían la piel más gruesa, ahora tenía un epitelio finito y limado, que aunque no me molestaba per se, sí que me suponía una molestia si «la piedrecita» del camino caía justo ahí. ¡Menos mal que no había muchas piedrecitas (en general)!

Aún así, he de decir que la molestia era muy leve, y me seguía rentando más no ponerme las sandalias huaraches de emergencia que llevaba en la mochila.

Pues así, con los pies lijados y los ánimos un poco bajos por la monotonía del final de la etapa, llegamos al precioso pueblo de Caldas de Reyes, o Caldas de Reis, donde decidimos que nos íbamos a dar el homenaje de hospedarnos en el Balneario Acuña.

Caldas está ubicado sobre surgencias de aguas termales naturales, aguas sulfurosas (y calentitas) que ayudan a tratar ciertas enfermedades cutáneas. Hay varias fuentes públicas en el pueblo, y los peregrinos dan buena cuenta de ellas, restaurando el bienestar de los pies. Dors_Seldon fue toda una campeona: mientras que yo no aguanté más de unos segundos con los pies metidos en esa agua tan caliente, ella estuvo varios minutos…

El balneario, por cierto, está muy bien cuidado y atendido, pero las instalaciones son antiquísimas. La verdad es que tenía el encanto de la decadencia: pasear por sus pasillos era como transportarse a una película ambientada en un sanatorio de primera mitad del siglo XX.

ETAPA 5: De Caldas de Reis a Padrón

A la mañana siguiente dejamos Caldas al amanecer (como siempre), descubriendo nuevos rincones del pueblo. La etapa 5 nos llevaría hasta Padrón, y era más cortita que la anterior, lo cual agradecimos enormemente, dado lo eterno que se nos había hecho llegar a Caldas.

Por el Camiño coincidimos con varios grupos de peregrinos, algunos a los que ya conocíamos de otras etapas y otros nuevos, y la verdad es que estuvimos entretenidos la mayor parte del tiempo. Una de las cosas más bonitas de la peregrinación es la cantidad de gente diferente que conoces. Diferentes procedencias, diferentes edades, diferentes maneras de entender la vida, diferentes motivaciones… pero todas maravillosas, y que te hacen aprender mucho y apreciar la increíble diversidad del ser humano.

Y aunque se puede hablar de cualquier cosa con todo el mundo, al final el tema del barefooting era siempre recurrente. Quienes compartían con nosotros algunos kilómetros (o algunos descansos) me acababan preguntando con genuina curiosidad e interés. La verdad es que, en ausencia de otra cosa, es un estupendo «iniciador de conversaciones».

La etapa fue muy variada, pasando por zonas de pradera, zonas de bosque, pueblos, carreteras… El tiempo estaba muy nublado, haciendo que la temperatura fuera perfecta.

Finalmente alcanzamos Padrón, un pueblo que de primeras me resultó más bien feo, pero que sin embargo me fue gustando más y más conforme lo íbamos pateando.

En Padrón, además de los sempiternos pimientos (que tienen troquelados en el mobiliario urbano, detalle que me cautivó), existen algunas obras de arquitectura histórica realmente meritorias, como el Convento do Carme, que domina la ciudad desde una imponente plaza que, por su situación, parece la del árbol blanco de Gondor; o la iglesia de Sta. María de Iria Flavia (aunque, estrictamente, Iria Flavia ya es el pueblo de al lado, hoy en día). Junto al río Sar hallamos la iglesia de Santiago Apóstol, donde se encuentra el Pedrón, la piedra a la que, según cuenta la tradición, se amarró la barca que transportaba los huesos del Apóstol Santiago para desembarcarlos.

El peregrinar a los santos lugares de Padrón le puede suponer a uno conseguir la Pedronía, el equivalente local a la Compostelana que se obtiene al finalizar el Camino de Santiago.

Aparte del casco histórico, quizá lo que más nos gustó fue subir hasta la ermita de Santiaguiño do Monte. Aunque después de caminar 18 km no apetecía mucho el esfuerzo de trepar por unas escaleras bastante interminables, no nos arrepentimos de haberlo hecho. Las vistas eran muy bonitas, y el entorno idílico.

Al bajar de Santiaguiño do Monte escuchamos sonidos de gaitas… ¡había una banda ensayando en un local junto al río, y se les escuchaba a través de las ventanas! Ese detalle de Padrón me terminó de cautivar, haciendo que se desvaneciera por completo esa primera mala impresión que tuve.

Ése, y el encontrarnos a un grupo de gente enfrascada en un juego que consistía en lanzar unos discos desde una cierta distancia intentando acertarle a una especie de cruz metálica, que era el objetivo. Un juego de puntería que bauticé como «Petanca Sacra» y que no tengo ni idea de en qué consiste realmente o cuál es su verdadero nombre, pero que tenéis que reconocer que es maravilloso.

¡Y hasta aquí la quinta etapa! ¡Ya sólo nos queda una jornada para llegar a Santiago!

Camino de Santiago descalzo – Etapa 3

La tercera etapa del camino portugués fue una de las que más disfrutamos. Y como tenemos tantas fotos, se ha ganado una entrada en el blog para ella sola.

ETAPA 3: De Redondela a Pontevedra

Ya nos habían advertido, antes de empezar a andar, que siempre que pudiéramos tomáramos los caminos alternativos, aunque fuesen un poco más largos. Y no puedo dejar de agradecerles el consejo a quienes nos indicaron así, ya que algunas etapas que podrían haber resultado bastante feas por transcurrir por zonas muy urbanas e incluso industriales se convirtieron en caminos idílicos de cuento de hadas. Y ése fue el caso de la etapa 3. Pero vayamos por partes.

Comenzamos a andar, cómo no, antes que saliera el sol, cuando el cielo ya tiene color claro pero las farolas aún lo tiñen todo de naranja. La etapa discurría nuevamente alternando zonas de bosques, sembrados y parras, resultando un paseo agradable, y aunque existían cuestas, se sobrellevaban bien, al ser o bien cortas o bien de escasa pendiente.

Llegamos al Ponte Sampaio, el cual conocía también (como me pasó con la isla de San Simón) por el nombre de una muiñeira. Os dejo aquí esta bonita versión del tema en cuestión. Las vistas del puente desde uno y otro lado son preciosas, y merece la pena dedicar un buen rato a disfrutarlas.

Tras pasar Ponte Sampaio empezaban ya a abundar las parras, un paisaje que en las siguientes etapas (y sobre todo en la cuarta) iba a acompañarnos bastante frecuentemente. Nos llamó mucho la atención ver tantas, y sobre todo la manera de cultivarlas. En Andalucía se estila más la vid, pero en Galicia lo que vimos fueron galerías y galerías de estas pérgolas de baja altura fabricadas con postes macizos de granito.

Pero lo mejor de la etapa fue el tramo final. Uno que presuntamente es horrendo si tomas el trazado «original» pero que se convierte en una maravilla si tomas el trazado «alternativo», como adelanté al principio. No hay que tenerle miedo: está perfectamente indicado con los mojones oficiales de la Xunta, y aunque tiene el inconveniente de que deja de marcarte los kilómetros (y seguramente se haga alguno más), merece muchísimo la pena.

Básicamente, el camino transcurría a la vera del río Tomeza en una especie de parque que hay a las afueras de Pontevedra, pero que es más bien un bosque de cuento de hadas. ¡Espectacular! Al menos para los que somos de secano y lo flipamos con musgos, hiedras, helechos, riachuelos y árboles de hoja caduca.

El suelo era una puñetera delicia. Estaba húmedo y elástico. ÉLÁSTICO. Se hundía un poco el pie pero luego no llegabas a dejar huella en la mayoría de los casos. Dors_Seldon me acompañó descalza por aquí un buen rato: el terreno lo merecía. Y además, ¿sabéis la gozada que es poder meter los pies en cada arroyo que te cruzas, sin tener que pararte a quitarte ni ponerte nada luego?

Tardamos ¿dos horas? en hacer 3 o 4 kilómetros… Ni lo recuerdo. Pero es que no nos pesó. Íbamos parándonos en todos los rincones a echar fotos. Si es que en Galicia mola hasta pasar por debajo de los puentes y túneles de las carreteras…

Y el final de la etapa, Pontevedra, nos encantó. Es una ciudad pequeñita pero con un casco histórico precioso y lleno de historia. Disfrutamos especialmente de la visita a San Domingos (Santo Domingo): las ruinas de una iglesia gótica en medio del centro. Si seguís el blog ya sabéis cuánto me gustan las ruinas, así que poder campar a mis anchas en unas como colofón de una etapa con paisajes sacados de la Tabla Redonda fue… maravilloso. Felicidad plena.

Os dejo más imágenes del resto del casco histórico. Y de la cena. Que estaba muy rica (como siempre). Ah, por cierto: el hotel donde nos quedamos nos gustó mucho, y aunque el desayuno era un poco cutre, la habitación estaba muy bien; amplísima, todo nuevo, y en pleno centro. Acolá Rooms, por si os interesa.

Y hasta aquí la tercera etapa. ¡Seguid atentos!

Camino de Santiago descalzo – Etapas 1 y 2

¡Ahora sí! Tras dos días de turismo hasta llegar a Galicia en coche, toacaba ya empezar a caminar. Nos levantamos descansados porque, aunque pasamos un poco de calor por la noche, en general dormimos bien en el albergue. Que por cierto recomendamos mucho: Albergue Pallanes. Estaba prácticamente a estrenar; muy bien cuidado y con una arquitectura muy bonita. ¡Pero no podíamos pararnos a disfrutarlo más: había que ponerse en marcha!

ETAPA 1: De Tui a O Porriño

Como bien saben quienes han hecho el Camiño, uno de los enemigos del peregrino es el calor. Caminar sin sombra con más de veintitantos grados empieza a ser un suplicio, así que desde el primer día Dors_Seldon y yo adoptamos la sana y peregrina costumbre de ponernos en marcha antes del amanecer, para intentar llegar al término de las etapas antes del mediodía.

El aroma a humedad y las imágenes de las calles y los campos desiertos en el crepúsculo que precede al alba son de esas impresiones que se te quedan grabadas para siempre, formando ya parte de tu imaginario personal del Camino de Santiago.

En comparación con el día que aparcamos en Santiago, que casi me quemé las plantas, la temperatura del suelo era ahora fresca, fría en realidad, aunque no como para resultar incómoda. Mejor así, porque teníamos por delante unos 120 km, y mi intención era recorrerlos enteramente descalzo si no había problema. No obstante, siempre llevo encima unas sandalias huaraches por si en algún momento necesito calzarme (lo cual no me supone ningún inconveniente, aunque reconozco que me da mucha pereza pararme a sacar las sandalias de la mochila y ponérmelas).

Esta primera etapa fue muy bonita, y resultó un preludio del resto del camino portugués: un recorrido sin muchas cuestas ni muy pronunciadas (con alguna muy escasa excepción), pasando más por pueblos grandes que por aldeas, y más por bosques que por campiñas.

El tiempo nos acompañó totalmente. Se mantuvo nublado prácticamente todo el Camiño, pero sin llegar a llover salvo en la última etapa, lo cual nos proporcionó una temperatura perfecta para andar y una luz estupenda para las fotos (a las pruebas me remito).

Las texturas del suelo eran fantásticas: tierra húmeda, hojas del bosque y grandes losas de piedra… Y, además, agua por todos lados. Pero eso sí: para que la etapa resulte así de bonita y poder disfrutar de estas texturas, paisajes, olores y demás es necesario, al llegar a una «bifurcación oficial», tomar el «camino alternativo» o variante. ¡IMPRESCINDIBLE! De no hacerlo, en vez de pasar por una zona de bosque junto al río caminaremos varios kilómetros por una zona industrial… [Por «bifurcación oficial» me refiero a que en un momento dado hay dos mojones de la Xunta, cada uno señalando para un lado. Me explayaré un poco más sobre esto en la próxima entrada].

Finalmente llegamos a O Porriño quizá demasiado temprano y en domingo, por lo que todo lo que podíamos hacer era dar paseos por el pueblo. Y aunque en general es un pueblo bastante industrial, tiene una calle comercial principal con bastante encanto (suponemos que mucho más cuando las tiendas están abiertas), y varias muestras muy interesantes de arquitectura de principios del XX del arquitecto Antonio Palacios Ramilo, natural del lugar.

La otra cosa que pudimos hacer fue comer muy bien (nuevamente). Esta vez tocaba meterle mano al pulpo. Qué rico estaba.

Posdata: lo que llevo colgado del cuello en las fotos no es una concha del peregrino, sino la mascarilla. LOL.

ETAPA 2: De O Porriño a Redondela

La siguiente etapa era un poco más fea. Mucho más urbana, y con poca sombra. No obstante, no sufrimos por culpa del sol porque como he dicho estuvo todo el rato nublado, lo cual fue fantástico.

Uno de los puntos interesantes de la etapa fue pasar por Mos, un pueblecito muy pintoresco con unas intervenciones arquitectónicas y urbanísticas muy contemporáneas pero perfectamente integradas en el entorno.

En esta etapa fue cuando empecé a notar uno de los males del Camino Portugués: el excesivo asfalto. No era desagradable en absoluto, ya que la temperatura era estupenda y, por tanto, el suelo no quemaba; y por otro lado las carreteras asfaltadas tienen normalmente unas pendientes más suaves que los caminos de tierra, lo cual es bueno. Pero el asfalto amortigua la pisada mucho menos que el terreno natural, haciendo que las articulaciones sufran más. Y tiene un tercer defecto que, cuando me lo contaron (hace años) no me lo podía creer… pero que tengo que reconocer que es de lo más cierto. Sin embargo, no lo contaré aún… ¡Os dejo con la duda por ahora!

Redondela, el final de la etapa, es un pueblo grande, con un bonito parque que lo atraviesa de Norte a Sur. Nuestro alojamiento estaba pasado el pueblo, lo cual alargaba un poco la etapa (que era de las más cortas) y acortaba un poco la siguiente (que era de las más largas), siendo un win-win.

Como nos sobraba mucha tarde, decidimos bajar a la zona de la playa de Cesantes a pasar el rato, y aunque la pendiente era bastante pronunciada y no apetecía nada el paseo después de los 18 km que nos habíamos metido, al final mereció la pena.

Hizo una tarde preciosa que disfrutamos leyendo y charlando, dejándonos acariciar por la brisa y los rayos del sol poniente, acompañados por las vistas de la bahía y de la isla de San Simón, que yo conocía gracias a la canción de Carlos Núñez «Capitán Nemo«.